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La literatura argentina en la década del 50
Por Pablo Gianera
La literatura argentina que se escribió durante la década de 1950 estuvo modelada, además de por las peripecias de la realidad nacional peronista y posperonista, por una relectura del pensamiento francés. Por un lado, la evolución de la vertiente más comunicativa y menos opaca del surrealismo; por el otro, la asimilación del existencialismo, tal como lo había enunciado Jean-Paul Sartre la década anterior en sus novelas (La náusea, el ciclo de La edad de la razón), su obra dramática (centralmente Las manos sucias, que ponía el foco en el problema del fin y los medios), y en sus textos teóricos y filosóficos (El ser y la nada, desde ya, pero también ¿Qué es la literatura?, en el que aparecía nítidamente definido el imperativo del compromiso y la opción por la prosa).
Como es previsible, el primero de estos influjos se advierte sobre todo en la poesía. Las generaciones más jóvenes no podían reconocerse ya en el neorromanticismo de la generación del 40, con sus formas fijas (el soneto y los endecasílabos) y su imaginario prestigioso y ligeramente arcaico. Es un hecho que cuando un grupo de poetas descubre afinidades estéticas decide fundar una revista. Esta no fue la excepción. En su imprescindible libro La realidad y los papeles. Panorama y muestra de la poesía argentina, César Fernández Moreno explica: "Las distintas fuerzas en juego comienzan a acercarse y a fundirse parcialmente; muestra de esta tensión son las primeras presentaciones públicas colectivas y los volúmenes Diez poetas jóvenes y Poesía argentina moderna, reunidos en 1948 y 1953 por Horacio Jorge Becco y Osvaldo Svanascini.
En 1949, la revista Contemporánea asume la representación del invencionismo, bajo la dirección de Juan Jacobo Bajarlía. En 1951, Edgar Bayley y Juan Carlos La Madrid fundan Conjugación de Buenos Aires". Sin embargo, todas estas tentativas palidecen ante el formidable emprendimiento que fue la revista Poesía Buenos Aires, que, emblemáticamente empezó a publicarse justamente en 1950. Intervenían en ella varios de los poetas mencionados, aunque su núcleo lo integraban Raúl Gustavo Aguirre y Bayley, quienes se alternaban en la dirección, y Nicolás Espiro, Rodolfo Alonso y Jorge Enrique Móbili. A lo largo de una década, pero sobre todo en los primeros números, la revista publicó diversos textos programáticos y manifiestos. Firmada por Aguirre y Móbili, la nota editorial del número 1, por ejemplo, declaraba: "El poeta esquiva la debilidad, la palidez, la muerte de una mariposa. Ha de tardar en la solicitud de los alimentos: en el momento del hambre, será el último, la alegría entreabierta sobre el pan de los hombres. Se arroja apto y fértil, responde a la esfinge y se desplaza a voluntad, porque renueva interminablemente la densidad de sus sensaciones. (...) Y nada ha de explicar, ni la puerta entreabierta, ni la expansión del misterio, ni la música que escribe en el espacio. Ha de dar su poema y los días siguientes".
Además de publicar a poetas funcionales a su estética como el chileno Vicente Huidobro o el francés René Char, los miembros de Poesía Buenos Aires pusieron sus páginas a disposición de muchos poetas argentinos (de Oliverio Girondo y Francisco Madariaga a Leónidas Lamborghini y Hugo Gola) y se dedicaron a traducir, con tanta pasión como exactitud. El arco de autores era amplio, e iba desde clásicos grecolatinos como Heráclito y Catulo hasta Cesare Pavese y Dylan Thomas, pasando por Emily Dickinson y Arthur Rimbaud. En esta línea, hace notar Fernández Moreno que -según Aguirre- el punto culminante de la generación de 1950 es "aquel en que, a la sola necesidad de innovación y ruptura que fue su preocupación inicial, sucede la de integrar en ella la esencia inmemorial de la poesía. Lenguaje y existencia, invención y vivencia, construcción y expresión, son las contradicciones en que se mueve, con sed unificadora, el espíritu de estos poetas".
La recuperación de la herencia surrealista alcanzará su punto más alto con la publicación de las revistas A partir de cero y de Letra y Línea. Se trata, en el primer caso, de una revista de "poesía y antipoesía", que apareció hacia 1952 bajo la dirección de Enrique Molina, uno de los poetas emblemáticos de la generación, dotado de una invención verbal y de una imaginación exuberante, autor en esos años del libro Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951). Letra y Línea, por su parte, constituyó una continuación de Que, revista publicada por Aldo Pellegrini, poeta y traductor del Conde de Lautréamont. Pero una de las aventuras más radicales de esa generación fue la aventura invencionista de Edgar Bayley, autor de La vigilia y el viaje, que combinó la herencia surrealista con las experimentaciones tipográficas del norteamericano E.E. Cummings.
La otra vertiente francesa que gravitó en la época fue, como ya se dijo, el pensamiento de Jean-Paul Sartre. El influjo de este filósofo y novelista francés se dejó sentir sobre todo en el campo de la crítica. Dirigida por David e Ismael Viñas(además de varios colaboradores notables entre quienes se destacan Noé Jitrik y Juan José Sebreli), la revista Contorno, que empezó a publicarse hacia 1955 y de la cual salieron solamente diez número, propuso una relectura de la tradición literaria argentina que articulaba los textos teóricos de la izquierda con el marxismo de cuño sartreano. Se reivindicó entonces la obra de Roberto Arlt, presuntamente desdeñado por el grupo de la revista Sur, y se prescribió una literatura realista y urbana que se desentendía tanto de las preocupaciones telúricas como de las metafísicas. "En Arlt veíamos al primer escritor existencialista", comentó una vez Sebreli. Central en este punto resultaría asimismo el libro del crítico y psicoanalista Oscar Masotta Sexo y traición en Roberto Arlt.
No debe pasarse por alto que el único miembro del grupo que procreó una obra consistente sobre la base de ese programa fue David Viñas, cuyas novelas Cayó sobre su rostro (1955) y Los años despiadados (1956) son fieles exponentes de ese estilo enfático. De manera más silenciosa, otro escritor escribía y empezaba a publicar por esos años una serie de libros cuya importancia se agigantaría con el correr de los años: Antonio Di Benedetto. A esa década pertenecen Mundo animal (1952): "cuentos animalísticos donde ya aparece formado su estilo entre reticente, inconexo y nebuloso", según declara César Aira en su Diccionario de autores latinoamericanos. También la novela en fragmentos El pentágono (1956) y otra novela que se haría justamente famosa, Zama (1956). Como siempre ocurre con las divisiones cronológicas, resulta imposible establecer cortes radicales entre una y otra. De hecho, muchos de estos autores continuaron publicando en épocas posteriores. Sin embargo, podría decirse que, en el caso de la poesía, la obra de Alejandra Pizarnik, por ejemplo, sería impensable sin la precedencia de Aldo Pellegrini y del grupo Poesía Buenos Aires. Y en el caso de la prosa, los cuentistas de los sesenta habrían sido inconcebibles sin el giro copernicano con el que Contorno revolucionó la narrativa argentina.