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La narrativa de los años 60
Por Pablo Gianera
No sería del todo inexacto afirmar que buena parte de la literatura que se escribió en Argentina durante la década de 1960 se había venido preparando desde la segunda mitad de la década anterior. En este sentido, resulta decisiva la tarea crítica de la revista Contorno desde cuyas páginas se propuso, por un lado, una recuperación de la obra de Roberto Arlt, y, por el otro, se asumió activamente los postulados del engagé (compromiso) enunciados por el filósofo existencialista francés Jean-Paul Sartre en su libro ¿Qué es la literatura?. Estas adscripciones teóricas derivaron en una clara preocupación de entrecruzar el discurso literario con el político y el social a partir de un abordaje fuertemente realista, algo que se advierte, por ejemplo, en Cayó sobre su rostro, la primera novela de David Viñas. Las maneras que en los escritores asumieron estas nuevas funciones y reflexionaron acerca del carácter social del hecho literario coincidió -en ocasiones, acompañó- la politización del campo cultural que se produjo durante la década, fenómeno que se articula con los acontecimientos históricos de la época en el país y en el mundo, desde la Revolución Cubana de 1959, a la revuelta del Cordobazo en 1969.
Sin duda, la expansión (en número y propuestas) de la literatura del sesenta resulta también inseparable del auge de la industria editorial y la creciente atención que algunos medios gráficos de considerable circulación le concedieron a las nuevas tendencias. Los semanarios de actualidad Primera plana y Panorama, por ejemplo, dedicaron tapas a Adolfo Bioy Casares, Leopoldo Marechal y, desde ya, a Gabriel García Márquez, a quien, por otro lado, se le realizó una entrevista poco antes de la publicación, hacia 1967, de Cien años de soledad. Al amparo del llamado "boom" de la literatura latinoamericana (categoría más cercana al comercio que a las letras que incluía, además de García Márquez, los nombres de, entre otros, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Guillermo Cabrera Infante), se verificó en el país un auge de editoriales nacionales dispuestas a publicar los libros de escritores argentinos jóvenes. El más curioso de estos emprendimientos fue Jorge Álvarez, que además de lanzar las primeras ediciones de libros ahora clásicos (como Nanina, de Germán García) publicó una recordada serie de antologías temáticas titulada Crónicas.
No menos decisiva fue la incidencia de algunas revistas literarias, en su doble condición de espacio propicio para la publicación de los primeros textos y de foro para la discusión. Entre ellas deben mencionarse la efímera El grillo de papel (cuyo primer número apareció en 1959 y fue prohibida el año siguiente) y su sucesora El Escarabajo de Oro, ambas dirigidas por Abelardo Castillo. Inscripta en una vertiente marxista de cuño sartreano, la nota editorial del número 1 explicitaba: "La literatura, ya que no un medio de vida, es para nosotros un modo de vida. Una manera de caminar prójimos. O, para decirlo con palabra ajena, una forma de compromiso". En los cuentos publicados en Las otras puertas (1961) y Cuentos crueles (1965) explora los mundos de la locura y la infancia con implacable dureza, aunque la estructura formal de esos cuentos remite más bien a la aceitada maquinaria narrativa postulada en el siglo XIX por Edgar Allan Poe. De esas revistas surgieron asimismo los cuentistas, y eventualmente novelistas, Vicente Battista, Isisdoro Blaisten, Liliana Heker, Humberto Constantini, Miguel Briante y Ricardo Piglia y Germán Rozenmacher, cuyo libro Cabecita negra es emblemático de la primera mitad de la década. En otra línea, aparecen también los cuentos que Rodolfo Walsh reunió en Los oficios terrestres. Otros libros insoslayables, aunque de estéticas no siempre afines, del período fueron Artistas de variedades y La lombriz, de Daniel Moyano, El silenciero, de Antonio Di Benedetto, El yugo y la marcha de Andrés Rivera, Las hamacas voladoras de Miguel Briante, y Fuego en Casabindo, de Héctor Tizón.
Notablemente, durante esos años terminaron de consolidarse las obras de escritores de generaciones precedentes. Tal es el caso de Julio Cortázar con Rayuela y los relatos de Todos los fuegos, el fuego, o de Ernesto Sabato, quien después de que su primera novela, El túnel, de 1945, pasara prácticamente inadvertida, consiguió un inesperado éxito con Sobre héroes y tumbas, de 1961. Y Borges, cuya obra más radicalmente novedosa se había escrito en las décadas anteriores, empezó a convertirse en el escritor canónico argentino luego de compartir con Samuel Beckett el premio Formentor.
El último tercio de la década del sesenta marcó un nuevo giro en la literatura argentina. Durante esos años, publicaron sus primeros libros tres autores que cuyo influjo modelaría las tentativas literarias de las décadas posteriores, especialmente las de 1980 y 1990. Por un lado, los libros de cuentos del santafecino Juan José Saer En la zona y Palo y hueso, y la novela Cicatrices, que entendían el realismo de una manera más cercana a la tradición del modernismo y de la nueva novela francesa que a la directa denuncia social. En segundo lugar, la aparición de La traición de Rita Hayworth (1968) y Boquitas pintadas (1969), de Manuel Puig, que señalan la irrupción de los medios de comunicación masiva (el cine, el folletín, el radioteatro) en la "alta literatura" a través de una complejísima elaboración formal de los materiales pop o "bajos". Por último, la publicación del relato El fiord de Osvaldo Lamborghini inauguró una escritura vanguardista entreverada con la gauchesca, el psicoanálisis y la parodia del realismo social de Boedo. Un caso aparte es el de Néstor Sánchez. Tal vez porque Cortázar escribió con admiración sobre Nosotros dos, su primera novela, el proyecto de Sánchez quedó inscripto, equivocadamente, en la estela cortazariana. Sin embargo, Siberia blues (1967) y El amhor, los orsinis y la muerte (1969) son dos de los libros más radicalmente arriesgados de la literatura argentina. Con un sentido que vacila al filo de la disolución y con procedimientos extraídos del lenguaje jazzístico, Sánchez no tiene precedencia ni descendencia.
Período marcado por una productiva fragmentación de poéticas, los sesenta ofrecen una literatura difícilmente definible, precisamente porque obliga continuamente a definir los contornos de la literatura. En cierto modo, podría pensarse que las cuestiones y discusiones que atraviesan todavía a la literatura se gestaron en las apuestas multiformes y contradictorias de esa década agitada.