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Juan Gelman
Juan Gelman en los 60 fue integrante del grupo "El pan duro".
Miguel Ángel Bustos
Miguel Ángel Bustos, poeta desaparecido, incorporó a su escritura el misticismo y la magia.
Alejandra Pizarnik
La obra de Alejandra Pizarnik tomó elementos del surrealismo europeo.
César Fernández Moreno
César, hijo de Baldomero Fernández Moreno influenció a quienes fueron cultores del porteñismo en los 60.

Poesía del 60: la fragmentación

Por Pablo Gianera


Las taxonomías que parcelan la historia de la literatura en generaciones tienen la ambigua virtud de ordenar períodos y, a la vez, de disolver las singularidades en corrientes más o menos generales. En el caso de la poesía escrita en Argentina durante la década de 1960, persisten todavía los desacuerdos entre los críticos acerca de la pertinencia de pensar como "generación" a los poetas que publicaron sus primeros libros en esos años. Con todo, y más allá de las discusiones y los malentendidos, puede notarse un inconfundible aire de familia entre esos autores que, paradójicamente, tiene que ver no sólo con las afinidades estéticas sino también, y sobre todo, con la libertad para usar imparcialmente ciertas tradiciones comunes.

Una de las poetas más individuales de esa época, Juana Bignozzi, explicó agudamente el doble sentido del término generación: "En toda generación, hay dos suertes de poéticas: aquellas que se refieren a las premisas generales de su tiempo y aquellas otras que se constituyen en logros individuales de una generación. Estas últimas podrían haber estado en cualquier otra generación; las primeras son privativas de un tiempo determinado" (Jorge Fondebrider, Conversaciones con la poesía argentina, Libros de Tierra Firme). Ese "tiempo determinado" al que alude la cita estuvo –como sucedió asimismo con la narrativa del sesenta– fuertemente atado a los acontecimientos políticos. De hecho, Bignozzi participó, hacia fines de la década de 1950, de "El pan duro", grupo vinculado al Partido Comunista que organizaba recitales públicos de poesía en bibliotecas y clubes de barrio. Despuntaban en el grupo dos marcas poéticas de la época: el coloquialismo y una tendencia a la narración que tomaba distancia del lirismo de la poesía del 40. Sin embargo, la poesía de Bignozzi –sobre todo a partir de Mujer de cierto orden (1967)– está habitada por un desencanto y una ironía que desentonaban con el sentimentalismo social de otros poetas del grupo.

El caso de Juan Gelman, que integró en sus inicios el grupo "El pan duro", es algo distinto y harto representativo de una de las vertientes de la época. Su primer libro Violín y otras cuestiones, apareció en 1956, y ya desde el título –que remite a El violín del diablo– saludaba a Raúl González Tuñón. Tanto el imaginario (poblado de personajes marginales) como el tono de los primeros libros de Tuñón, fue ampliamente recogido por muchos poetas del sesenta. Igualmente decisivas resultaron, en otra dirección, las traducciones al español de los libros del italiano Cesare Pavese, especialmente El oficio de poeta. En Velorio del solo (1961), Gelman escribió su "arte poética": "Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío (…) A este oficio me obligan los dolores ajenos,/ las lágrimas, los pañuelos saludadores,/ las promesas en medio del otoño o del fuego,/ los besos del encuentro, los besos del adiós,/ todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre". Los años y los libros que vendrían acabarían modificando en parte la poesía de Gelman, aunque, en cierto sentido, podría decirse que ese núcleo originario permaneció intacto.

Un poco en la misma línea, se inscriben otras tentativas cultoras del porteñismo que crecieron también a la sombra de Argentino hasta la muerte (1963), de César Fernández Moreno, hijo de Baldomero, cuyos libros empezaron a publicarse hacia fines de la década de 1940. Más solitaria fue, en cambio, la escritura de Leónidas Lamborghini. Su libro Las patas en la fuente (1965) no condesciende a ninguna de las efusiones sentimentales con que se abordaba los temas sociales, un hecho que, pese a la atenta lectura de Leopoldo Marechal y Joaquín Gianuzzi, confinó a Lamborghini a un aislamiento que terminaría cuando su poética –hecha de parodia, reescritura y distorsión– fuera recuperada en los años 1980 y 1990.

Miguel Ángel Bustos (desparecido por la última dictadura militar) incorporó, en Fragmentos fantásticos (1965) y Visiones de los hijos del mal (1967), el misticismo y la magia a sus poemas, aunque de una manera que le debía poco al surrealismo europeo que, en cambio, es claramente perceptible en la obra de Alejandra Pizarnik, cuya figura vulneraría incluso los contornos de su obra. Como sucedía con Gelman y González Tuñón, la poesía de Pizarnik sería difícilmente concebible sin la precedencia del grupo reunido en torno a la revista Poesía Buenos Aires que introdujo en la década de 1950 la poesía surrealista. Tan inconcebible como sin la cercanía con cierta línea estetizante y despolitizada (por lo menos en sus preocupaciones por los temas sociales) típica de Sur, revista con la que solía colaborar. A esto debe sumarse la huella, todavía fresca, de En la masmédula, la apuesta límite que Oliverio Girondo publicó en 1956. Según señaló lúcidamente César Aira en un su libro monográfico sobre la poeta, Pizarnik "vivió y leyó y escribió en la estela del surrealismo". Sin embargo, los poemas tan breves como intensos de Pizarnik –recogidos en Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971)– tuercen los postulados surrealistas. Observa Aira: "Pizarnik invierte el procedimiento surrealista poniendo la evaluación, el ‘Yo crítico’, al mando de la escritura automática, que así se vacía de su contenido programático y se vuelve un método sin ilsuiones ideológicas, al servicio de un oficio".

Nacida en 1937, Susana Thénon publicó uno solo de sus cinco libros en la década de 1960. Su título es De lugares extraños, y apareció en 1967. Aunque Thénon siguió escribiendo en los años ochenta (y su escritura acusa en viraje en esas décadas), ese libro constituye, desde su nombre mismo, un emblema de lo mejor que pasó en la poesía argentina de los sesenta: la audacia y la libertad de hacer que lo conocido se tornara extraño.



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