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Escritores en Turdera
Por Ángela Pradelli.
"Libro de lectura", editorial Emecé, 2006
Hay que subir hasta el primer piso por escalera para llegar al laboratorio de biología de la escuela. El lugar es amplio y sus ventanas sin postigos y tan altas lo hacen muy luminoso. Allí arriba, si uno se pega al vidrio, la mirada queda justo a la altura de la parte más alta de las copas de los árboles de la vereda. Son tilos frondosos, de un perfume más intenso ahí en lo alto, que suele avanzar hacia el laboratorio cuando a partir de octubre dejamos las ventanas abiertas.
Ese año estábamos leyendo con mis alumnos del secundario la novela Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos. Habíamos leídos unos cuantos capítulos cuando les propuse invitar a la autora a la escuela para que ellos la entrevistaran. Hablaríamos de la literatura en general, de sus obras, de esta novela en particular. Conseguí su número de teléfono y le dejé un mensaje en el contestador. Libertad me llamó el domingo de esa misma semana, por la noche. En un momento de la conversación se sobresaltó y me preguntó qué hora era. Cuando supo que era más de medianoche se disculpó por haberme llamado tan tarde. Es que yo no duermo nada, me dijo, y pierdo la noción de la hora. Es una desgracia, agregó en un tono de tristeza que perdió enseguida, entusiasmada, me pareció, por la invitación que le hacíamos.
El día acordado, a las dos en punto, el remis estacionó en la puerta de la escuela. Libertad bajó del auto con dificultad. Es una desgracia, volvió a decirme, como la noche en la que hablamos por teléfono, pero esta vez no lo decía por el insomnio. Me contó que se fatigaba y que todo la cansaba demasiado. Libertad había venido acompañada por su marido, el poeta Joaquín Giannuzzi, y el hecho me impresionó. Giannuzzi es para mí uno de los poetas más grandes y en ese momento pensé cómo podía resolver la situación y que él no fuera sólo un acompañante, que los alumnos supieran quién había venido también. El año anterior habíamos leído sus poemas y algunos estudiantes hasta escribieron los suyos propios después de leerlo. Por alguna razón, Giannuzzi es un poeta que les gusta. Cuando lo leíamos en clase, como teníamos pocos libros, se juntaban en grupos de tres o cuatro y compartían los ejemplares. Mientras yo caminaba por los pasillos del aula, al pasar cerca de los grupos escuchaba las voces de mis alumnos leyendo su poesía. ¿Puede significar algo/ una vida librada al puro accidente? Eran recortes de lectura que venían de los distintos grupos lo que oía, La existencia respirando en lo casual,/ el síncope detrás de la puerta. Partes de un todo que fueron fragmentando la poesía de Giannuzzi. Cuando el espacio es puro sol/ la mariposa pálida insiste en la pasionaria/ hasta posarse/... Una situación frágil entre dos parpadeos.
Parados los tres al pie de la escalera que lleva al laboratorio, Libertad me dijo que tenía prohibido subir y me preguntó si no había un ascensor. Le contesté que haría bajar a los alumnos y que buscaríamos otro lugar para hacer la entrevista, pero antes de terminar mi ofrecimiento, ella ya estaba encaramada, aferrándose a la baranda con su mano delgada. Le costó subir esos escalones de mármol y en el último tramo de la escalera buscó mi brazo. Pero ni bien entramos al laboratorio donde nos esperaban más de ciento cincuenta alumnos me soltó. Me dijo que le gustaba tanto estar ahí. Tantos jóvenes, repetía mientras avanzaba por el pasillo para sentarse enfrente de los alumnos y parecía que todos esos estudiantes allí reunidos para escucharla alcanzaba para justificar el esfuerzo que había sido subir.
Controlé que mis alumnos estuvieran atentos, que no se perdieran nada de lo que la autora tenía para enseñarles, que aprovecharan esa visita, que le preguntaran con respeto. No me engaño y sé que después de todo no son tantos los estudiantes que tienen un interés por la literatura. Entre otros, sus pensamientos apuntan más bien al partido de fútbol que organizan en la plaza para la hora de salida.
Giannuzzi no quiso sentarse y se ubicó en el fondo del laboratorio, atrás de los estudiantes que, por otra parte, seguían sin saber quién estaba allí, además de la escritora que habíamos invitado. Me pregunté si estaba bien respetar la voluntad del poeta de no anunciarlo al grupo. Giannuzzi ni siquiera quiso que colgáramos el sobretodo y todo el tiempo que duró la charla de Libertad él tuvo ese abrigo pesado doblado sobre el brazo derecho. No parecía cierta la escena, uno de los poetas más importantes en el fondo del laboratorio de una escuela secundaria en un pueblo de suburbio con todos los alumnos de espaldas a él. Enseguida empezó a caminar recorriendo las vitrinas del laboratorio que abarcan la pared del fondo todo a lo ancho. Daba dos pasos lentos, cortos y se detenía a leer las tarjetas en las que se mencionaba el contenido de los frascos exhibidos. Su voz llegaba como uno de esos rezos de misa. Amatista, Prisma cuarzo, fue leyendo, Obsidiana, Vidrio volcánico, Dólar de mar, Malaquita, Basalto, Carbón vegetal. Le ofrecí café y me contestó que sí con un gesto de la cabeza mientras siguió leyendo, Ovario de pescado, Caracol vegetal, Algas marinas, Anatomía del cerebro, Encéfalo de mamífero, Huevos de caracol, Parásitos humanos. Me pidió que el café se lo trajera bien caliente. Murciélago, Cálculos biliares, Oruga, Araña con su cría. Giannuzzi dejó que el café se enfriara sobre una de las mesadas que bordean los laterales. Apoyada sobre la frialdad de los mosaicos blancos que revisten las paredes del laboratorio, mientras lo miraba recorrer las vitrinas, pensé que no iba a perdonarme que los alumnos desconocieran que uno de los poetas argentinos más importante estaba esa tarde ahí, entre nosotros. Entonces él giró hacia mí, me miró con unos ojos oscuros enmarcados en las cejas espesas que los hacían más hondos aún y volvió a prohibirme que lo presentara. Mientras tanto, Libertad, desde el frente, les hablaba a los alumnos. Unos años atrás a Libertad le habían practicado una traqueotomía por lo que su voz tendía a apagarse por momentos. Habíamos conseguido un micrófono portátil pero no funcionaba demasiado bien entonces ella lo alejó de su boca y lo ubicó a la altura de su traqueotomía y desde allí las palabras sonaron más claras. Libertad les habló de cómo construir personajes, los diferentes modos de narrar una historia, les recomendó algunos autores y contestó todas las preguntas.
En el final del encuentro los alumnos se levantaron para aplaudirla y enseguida rodearon el escritorio para que ella les firmara los ejemplares. Ya en el pasillo les pedí que tuvieran cuidado, que esta vez no bajaran las escaleras rápido como siempre. Despacio, casi les rogué mientras bajábamos los primeros escalones, pero cómo proteger a una narradora y un poeta de más de cien adolescentes que bajan siempre corriendo, se atropellan y hasta se lastiman a veces. Despacio, volví a pedirles a medida que descendíamos, y a esa altura el pedido sonó a reto.
Libertad me dio un beso antes de subir al remis. Agradeció tener lectores tan jóvenes, haber hablado con ellos. Sonrío y prometió que volvería. Entonces le dije que la próxima vez las dos recorreríamos Turdera caminando.
Giannuzzi se puso el sobretodo. No me atreví a arreglarle las solapas que habían quedado mal dobladas sobre el pecho, en la parte más ancha. Le pregunté por qué no había tomado el café, si estaba muy fuerte o demasiado dulce. Qué café, me dijo, y me abrazó para despedirse. Parada en la vereda vi cómo los dos se alejaban hacia el norte hasta que su coche se perdió entre los otros. Me lo dijo él cuando al despedirse me abrazó, Plantula de Dicotiledonia, Branqueas de Pejerrey, Lepidópteros. Y antes de subir al auto aseguró que teníamos el mundo entero encerrado en una vitrina de Turdera.
Libertad murió ese mismo año, pocos meses después de la visita a la escuela. En la vitrina del laboratorio, en el estante del medio, sobre uno de los frascos de vidrio, escrito en una tarjeta blanca que va ajándose con los años, aún puede leerse Corazón/Pulmón/Tráquea.
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