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Biografía
Revista Panorama
En la revista Panorama publicó sus primeras notas Rodolfo Walsh.
Héctor Cámpora
Héctor Cámpora y su breve presidencia, que antecedió al último gobierno de Juan Domingo Perón.
"Paco" Urondo
Francisco "Paco" Urondo, es un escritor de los 70 en el cual convergen la literatura y militancia política.
Osvaldo Lamborghini
El poeta y narrador Osvaldo Lamborghini se exilió en Barcelona, donde falleció en 1985.

Política y literatura: los años 70

Por Pablo Gianera


La violencia política está en el nacimiento mismo de la literatura argentina. Uno de sus textos fundadores, el relato "El matadero", de Esteban Echeverría, está marcado por las relaciones de poder, escenificadas aquí por lo abusos que un grupo de mazorqueros le infligen a un opositor. En este sentido, el crítico y narrador David Viñas pudo decir, con tanta precisión como contundencia, que la literatura argentina emerge alrededor de una metáfora mayor: la violación. El hecho de que ese relato fuera escrito en 1838 y publicado póstumamente en 1874 prueba que el lugar de la ficción era todavía incierto y que Echeverría no dominaba los ardides formales lograr una narración en clave que sorteará las amenazas de la censura.

Desde entonces, los vínculos entre la literatura argentina y la experiencia política estuvieron signados por una oscilación causal entre crítica y sanción. Cuanto más virulenta fuera la crítica, mayor sería el castigo. En este sentido, es el caso de Rodolfo Walsh –secuestrado en 1977 y posteriormente asesinado– quien después de desarrollar una literatura fuertemente especulativa con cuentos perfectos como "Nota al pie", rompió con la experiencia literaria, saltó al non fiction con "¿Quien mató a Rosendo?" –publicado por entregas en un periódico sindical– y "Operación masacre", pasa al acto en su tarea como militante político. El tránsito del policial de enigma que cultivó en sus primeros años al periodismo de investigación adquiere entonces una rigurosa lógica: se trata del pasaje que va de la especulación casi matemática del género al trabajo revelador con los datos de la realidad. Su "Carta abierta de un escritor a la Junta Militar", fechada a un año exacto del golpe militar del 24 de marzo de 1976, constituye su última palabra, una inmolación en la que el cuerpo debe responder por el discurso. La misma suerte correrían los poetas Francisco "Paco" Urondo y Miguel Ángel Bustos, y el narrador Haroldo Conti. Unos pocos, como Antonio Di Benedetto y Daniel Moyano sobrevivieron al cautiverio, aunque nunca superaran el trauma de la detención y el exilio. Otros también se exiliaron: Juan Gelman, Héctor Tizón, Pedro Orgambide, Tomás Eloy Martínez, David Viñas. En cierto modo, podría pensarse que fue el cuerpo el protagonista principal de la literatura de esa década, lo que no era en verdad sino una exacerbación de las estéticas inauguradas en la década anterior (no debe olvidarse que un hecho clave en las luchas populares argentinas en el siglo XX, el Cordobazo, ocurrió en 1969).

El itinerario de Walsh es, en este sentido, ejemplar. Casi todos sus libros aparecieron antes de los años setenta. Desde ese momento, el compromiso político lo absorbió por completo. Como si, en ese punto, la militancia y la literatura resultaran inconciliables. O, también, como si únicamente los textos periodísticos y de investigación fueran válidos, en la época, en tanto instrumento de intervención. Un caso parecido es el de Urondo, quien después de haber escrito, en los 50 y 60 buena parte de la mejor poesía de esos años, se entregó a la lucha armada en la izquierda peronista. El poeta dejó en claro su posición en un texto casi programático que escribió en septiembre de 1974 para la revista Crisis: "Los hechos históricos que estamos viviendo, y que están siendo bien registrados y expresados por su natural protagonista –el pueblo–, todavía no han sido captados por nuestros artistas e intelectuales. No se ha producido todavía una inmersión de estos grupos en la realidad cabal que se vive en el campo del pueblo. Hay trabas, dificultades objetivas, para esta identificación, y sólo la práctica, la imaginación y la capacidad creativa de estos artistas e intelectuales irán encontrando los caminos, superando las dificultades, hasta que sean suyas las alegrías y las preocupaciones del pueblo. Pero la superación de estas dificultades objetivas sólo puede darse en la medida en que encaren simultáneamente los problemas ideológicos. El individualismo, el descompromiso, toda la sintomatología del liberalismo, estarán sumándose a las dificultades objetivas que intelectuales y artistas tienen para aportar su tarea a la causa del pueblo".

Desde ya, hubo también otras salidas que pasaban más por la escritura que por la lucha directa. Daniel Moyano, por ejemplo, publicó, también en 1974, la novela "El trino del diablo" que, por debajo de la melancólica historia de un malogrado violinista riojano, traza una alegoría diáfana de la exclusión social. Y, de manera acaso más frontal, Julio Cortázar se plegó a las denuncias de torturas con su novela "Libro de Manuel". En otra dirección, Manuel Puig, famoso a esa altura por "La traición de Rita Hayworth" y "Boquitas pintadas", entregó su versión de la violencia política en el policial "The Buenos Aires Affair" y en "El beso de la mujer araña", que reforzaría la prohibición que ya pesaba sobre sus libros.

Más fuerte sería la apuesta del poeta y narrador Osvaldo Lamborghini, cuya obra resultaría decisiva para varios escritores de esa época (Luis Gusmán y Germán García, entre otros) y de las décadas del 80 y del 90 (Néstor Perlongher y César Aira). El puñado de textos que Lamborghini editó en vida (el relato "El fiord", la novela breve "Sebregondi retrocede" y "Poemas") ponen escena el modo en que el cuerpo y el sexo devienen el campo de batalla de la política. El modo, si se quiere, en que la política es la continuación del sexo por otro medios. Y también lo inverso. Radicalmente nuevos, esos textos bastaron para convertirlo en un maestro secreto. En el libro "Poemas 1969-1985" hay un poema escrito durante su exilio en Barcelona, donde moriría en 1985, que lleva como título "Ayer" y alude a la muerte, en 1980, de Héctor Cámpora, cuya breve presidencia, incumplida promesa revolucionaria, antecedió al último gobierno de Juan Domingo Perón. Allí se lee la dictadura y la violencia en su condición más irreductible: "Si vos supieras (sabés)/ cuántas leguas de tierra cuesta cada palabra/ y que encima, debajo, la pueblan y repueblan de cadáveres:/ el ’80, ¡qué hijos de puta!/ trajeron inmigrantes/ –para matarlos./ El loquito de Videla y el degenerado de Harguindeguy/ Y el pelotudo máximo: Viola.// Agotaron la cuota del perdón, que era mucha./ ¡Y yo hablo en serio, no estoy jodiendo!".

Quienes siguieron escribiendo durante la dictadura debieron imaginar nuevas estrategias narrativas que implicaban asimismo tácticas de supervivencia. En cierto modo, la irrupción de una forma de violencia completamente nueva demandó formas de representación y figuración también nuevas, muchas veces al margen del realismo. Entregados a la lógica inmanente de la literatura, esas exploraciones continúan gravitando hasta el presente. En un sentido, no sería exagerado decir que la literatura argentina habita todavía esa experiencia.


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